miniatura
mínima unidad

La obra de arte más
pequeña del mundo

por Julián Sorter


Un artista tuvo una gran idea: hacer la obra de arte más pequeña del mundo.

Pasó muchos años fabricando herramientas especiales que medían solo un milímetro.

Cuando quiso usarlas, se dio cuenta de que eran tan pequeñas que no podía manejarlas.

Decidió fabricarse una prótesis: una pequeña manito en la punta de cada uno de sus dedos.

Esto le permitiría no solo usar las herramientas sino además mejorar su productividad: podría hacer 10 cosas a la vez, con lo que la pieza estaría lista rápidamente y recuperaría el tiempo perdido.

Acudió a un centro de medicina especializado para la intervención. En ese lugar nunca habían hecho algo así pero por una altísima suma de dinero desarrollaron un método especial con las manos de bebes nonatos.

Las manitos tenían que ser implantadas en las puntas de los dedos muy rápidamente, por lo que el artista tenía que pasar día y noche en la clínica para que, al conseguir los donantes, pudiera realizarse la operación con toda premura. Mientras esperaba, se divertía haciéndose micromanicura en las manitos que ya le habían puesto, lo que además le servía de ejercicio para la futura realización.

Llego el día en que la prótesis estuvo lista. Le tomó muchos años más aprender a usarlas y lograr una finísima motricidad. Tenía que tener mucho cuidado porque los deditos tan pequeños se rompían muy fácilmente. Al dormir, a veces se acostaba sobre una de sus manos y se arrancaba un dedito. ¡Tanto dinero echado a perder!

Volvió al trabajo. Hizo bocetos y probó distintos materiales hasta lograr una primera versión, pero no estaba satisfecho. Así pasaron más años, hasta que llegó a la pieza definitiva. Ahora que estaba lista, el siguiente paso era mostrarla, porque al fin y al cabo él hacía todo por el aprecio de los demás.

Se dispuso a organizar su muestra, pero había pasado tanto tiempo preparándose que ya nadie recordaba su nombre y tuvo que pasar otros muchos años yendo a exposiciones y asistiendo a talleres hasta que volvió a ser conocido en la escena artística de su ciudad y empezó a perfilarse la oportunidad de participar en una muestra. Las primeras veces fueron exhibiciones colectivas; el artista no quería gastar la sorpresa de su obra maestra en un evento fútil; por eso tuvo que afanarse en producir otras obras, suficientemente buenas como para generar nuevas y mejores oportunidades para exponer, pero no tan buenas como para opacar el brillo de su plan último: la pequeñísima joya.

Este proceso le tomo muchísimos años, que por cierto, disfrutó, hasta que llegó el momento tan esperado: la galería más importante de la ciudad lo invitó a hacer una muestra individual con presupuesto de producción, honorarios y total libertad en sus decisiones. El día de la inauguración, se había creado tal expectativa que una fila de visitantes daba varias vueltas a la manzana.

Una a una las personas fueron entrando a la galería y grande fue su sorpresa cuando no vieron nada. Nadie se atrevió a hacer comentarios: las personas se dividieron entre quienes dudaron de su propia capacidad de comprensión del arte y quienes pensaron que se trataba de arte conceptual. Entre estos últimos, algunos pensaron que era genial, a otros les dio lo mismo y unos cuantos concluyeron, fastidiados, que se trataba de un tonto que había jugado con su tiempo, sacrificando todo en pos de un gesto pretencioso.

El artista había previsto esta posibilidad. Pero ofrecer un dispositivo de aumento para percibir su obra con comodidad le parecía una traición al alma de su trabajo. Por eso la colgó de un finísimo hilo transparente. La pieza flotaba apenas unos centímetros encima de las cabezas de los inquietos visitantes.

De pronto alguien gritó:

- ¡LA ENCONTRÉ!

- ¡ACÁ HAY UNA OBRA DE ARTE!

Y se armó un corro alrededor del punto que señalaba una señora con cara de locura; y parecía loca, porque señalaba la nada.

Al mirar con atención las personas encontraron la obra y le dedicaron unos segundos frunciendo el entrecejo que les permitieron ver la pequeñísima figura. Al final de la noche, el éxito era rotundo; la sorpresa de la obra-vuelta-visible había satisfecho a más de un enojado y se sucedieron las criticas benignas y las invitaciones a exposiciones, conferencias, talleres, publicaciones y proyectos en el país y en el exterior.

No pasó mucho tiempo hasta que otro artista hizo una obra muy similar, pero aun más pequeña. ¿Cómo podía lograr alguien, en tan poco tiempo, superar al artista, que había dedicado años y el dinero que no poseía para producir su obrita, ahora gigante al lado de la nueva miniatura?

La atención se desplazó por completo al nuevo virtuoso. Pero nuestro amigo no se dejaría burlar por un advenedizo cualquiera. Así es que puso manos a la obra para producir una nueva pieza aun más pequeña que la de su contrincante.

Siguió una competencia encarnizada, una carrera por la miniatura, una espiral descendiente a la invisibilidad: si uno hacía una obra de un micrón, el otro hacía una de medio micrón, y el otro una de un cuarto de micrón y así siguieron hasta que llegaron, los dos y al mismo tiempo, a producir sendas obras de arte de un solo átomo.